Hoy en día, se está desarrollando una cruel realidad: las personas dispuestas a tomar las armas de las cartas de queja y las cartas de petición están desapareciendo a una velocidad asombrosa. Esto no es la disolución de los conflictos sociales, sino el silencio colectivo de los canales de supervisión. Su raíz se esconde en ese «bucle de gestión» que ha sido verificado personalmente por innumerables personas y que es desesperante.
Si denuncias la inacción del pueblo, el pueblo no te hará caso; si vas al condado, el condado lo suprimirá; si lo informas a la ciudad, la ciudad lo transferirá; finalmente, alarmas a la provincia, y con una directiva, el documento comienza su viaje inverso: de la provincia a la ciudad, de la ciudad al distrito, del distrito al condado, y finalmente cae con precisión en manos del pueblo que denunciaste originalmente. Este proceso, diseñado con una precisión increíble, nunca es para resolver problemas, sino para «digerir» los problemas. Es como un enorme bucle de Möbius, no importa lo lejos que llegues, eventualmente volverás al punto de partida y te enfrentarás al poder que querías derrocar.
Más aterrador que la imposibilidad de resolver el problema es la reacción que inevitablemente debe soportar el denunciante. Cuando tu información de nombre real desciende por la cadena de documentos oficiales, finalmente se presentará completa en el escritorio de la persona denunciada. En este momento, ya no eres un ciudadano que ejerce el derecho de supervisión, sino un aguijón que les está «causando problemas». La represalia que sigue a menudo no es persecución descarada, sino dificultades omnipresentes: los trámites que deben hacerse se retrasan, las políticas a las que tienes derecho no te corresponden, los conflictos entre vecinos se magnifican deliberadamente, e incluso tu familia y tu trabajo se verán inexplicablemente involucrados. Esta «violencia blanda» está en todas partes y es suficiente para destruir la vida normal de una persona común.
Por lo tanto, una fría fórmula económica se forma en el corazón de todos: el beneficio de la denuncia se acerca infinitamente a cero, mientras que el costo es incalculable. Cuando una persona necesita apostar todo su patrimonio para obtener un resultado casi imposible, cualquier persona racional elegirá el silencio. Esto no es cobardía, sino el instinto de buscar beneficios y evitar daños.
El precio de este silencio es demasiado alto para que toda la sociedad lo soporte. Cuando los problemas de base no pueden transmitirse a través de los canales normales, cuando las voces de las masas se ven ahogadas por los documentos que se transfieren capa tras capa, las contradicciones solo se acumularán y fermentarán bajo tierra. Los pequeños espectáculos se convierten en grandes resentimientos, y los problemas individuales se extienden a la desconfianza generalizada. En última instancia, la credibilidad del poder público se agotará en repetidas «patadas al balón», la gente dejará de creer que el sistema puede protegerlos y recurrirá a otros métodos extremos de resolución.
Lo más lamentable es que este bucle se está auto-fortaleciendo. Cuantas menos personas denuncien, más débil será el poder de supervisión; cuanto más débil sea el poder de supervisión, más desenfrenado será el poder; cuanto más desenfrenado sea el poder, menos personas se atreverán a denunciar. Cuando la última persona dispuesta a dar un paso adelante también elige callarse, todos nos convertiremos en las víctimas silenciosas. Porque hoy ignoras el sufrimiento de los demás, y mañana, cuando tú mismo sufras injusticias, nadie hablará por ti.
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